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Sus pies chirrían hacia la puerta. Sí, estoy casi seguro de ello. En la pantorrilla izquierda, justo encima del borde del calcetín blanco de deporte.

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Parece un gigantesco instrumento de dentista, aunque lo que tiene en la punta no es una fresa. Y luego te sacan el cerebro. Clinc, clinc. Tijeras cortando el aire. Las tijeras son de hojas largas y afiladas, muy afiladas, y ojos gruesos. Hay que ser fuerte para utilizarlas. La hoja inferior se desliza en el intestino como si fuera mantequilla. A continuación el esternón.

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Un gemido agudo y penetrante que sí suena a fresa de dentista. Snic, snic. Una pequeña demostración para el asistente. Sala de autopsias. Ya lo ha soltado. Van a hacerlo. Empujo… o al menos lo intento… y algo sucede. Con otro esfuerzo supremo de concentración, logro percibir que el aire me atraviesa la nariz hasta llegar a la garganta, sustituyendo el aliento que acabo de exhalar.

Apenas lo oigo, pero me distrae por un instante del significado de las palabras de la doctora… lo que no deja de ser una bendición.

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También tengo algo de los Rolling Stones. No soy tan rancia como parezco, Pete. Puede que esté remitiendo, pero dentro de nada ya no tendré posibilidad de recuperarme. El sonido vuelve a salir, esta vez con mayor fuerza. No tanta como había esperado, pero suficiente.

El rostro de la doctora se cierne sobre mí, y de nuevo me invade el horror al ver que lleva gafas protectoras y mascarilla sobre la boca.

Descripción completa del libro

Al poco mira de refilón. Zumbo como un poseso, pero no sirve de nada. Ya ni siquiera lo oigo yo mismo. El bisturí queda suspendido un instante sobre mi cuerpo antes de cortar. Me levantan. La herramienta principal es la descomunal tijera de marras. Apenas tengo tiempo de verla, un destello de hojas reluciendo como despiadado satén, porque enseguida me tumban de nuevo, ya sin polo. Estoy desnudo de cintura para arriba.


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